Trabajo final: Último capítulo

lunes, 17 de diciembre de 2012



El miedo te mantiene despierto, alerta, nunca terminas de acostumbrarte a la sensación de  estar en peligro.
 Pero ahora eso había desaparecido, lo único que había dado sentido a nuestra vida ya no estaba, y sólo cabía pensar ¿ahora qué? Durante mi corta vida sólo había experimentado miedo, miedo a que Los Extraños nos encontrasen, pero ahora mi madre aseguraba que ya no estaban, que se habían ido y que nosotras estábamos seguras. Seis meses pasamos en Thornton intentando acostumbrarnos a nuestra nueva realidad: tener nuestra propia casa por primera vez era emocionante, aunque esta fuese vieja y no tuviese apenas muebles, hicimos lo posible para intentar hacerla lo más acogedora posible e incluso pudimos rescatar unas vieja cama del desván y colocarla en el piso de arriba para que Clara tuviese un dormitorio bonito. Esta experiencia era nueva para nosotras y fue divertido... al principio.

Después de lo sucedido en el bosque, Clara y yo pasábamos demasiado tiempo solas en casa, una casa que de pronto se nos antojó oscura y fría, demasiado grande para dos niñas. Los Extraños ya no estaban, sólo quedaba esa casa que nos ahogaba día tras día. Mi única forma de escapar de allí era leyendo, en esos momentos podía imaginarme que yo era Jim Botón y que podía irme con Lucas el maquinista a salvar a la emperatriz de la China. Tal vez la lectura me absorbía demasiadas horas, o eso provocaba que me pasase el resto del día distraída, pero el caso fue que esto comenzó a molestar a mamá.
Ella siempre había sido una persona nerviosa, pero eso era normal, solía decirme a mi misma, porque ¿quién no lo estaría si tiene que estar constantemente pendiente de proteger a su pequeña familia? Mamá no soportaba la música, tampoco que se le hablase demasiado alto, los ruidos repetitivos como el de un reloj llegaban a sacarla realmente de quicio. Cuando comenzó a trabajar ayudando a la señora Hyland, todas estas pequeñas manías se acrecentaron: llegaba a casa furiosa, golpeando las paredes y los muebles. Verme leyendo hacía que comenzase a gritarme, se ponía completamente histérica y eso era raro, muy raro, porque mamá nunca nos había regañado, jamás nos había hablado más alto de lo normal ni había sido violenta con nosotras.
El primer día que esto sucedió, no pude evitar salir corriendo para esconderme de ella, porque esa no era mi madre, no era la persona que yo siempre había estado conmigo. Me pasé horas llorando en un rincón de uno de los cuartos de arriba que nunca se utilizaban, hasta que Clara me encontró y vino a abrazarme.
-¿Qué le pasa a mamá, Emma?
-No lo sé Clara, está…diferente. Está cambiando, ella no era así antes ¿verdad?
-Me da miedo, a veces nos mira como si no nos conociese-dijo Clara. Yo tenía que cuidarla ahora. Si nuestra madre no podía hacerse cargo de nosotras, yo podía apañármelas bien, pero Clara siempre había sido una niña mucho más sensible, mucho más miedosa que yo, y si se quedaba sola, no sé qué podría ser de ella.
Poco a poco, nuestra madre fue empeorando. Nos encerraba en  casa cuando se marchaba y volvía  muchas horas más tarde de las que debería, gritando, furiosa con cualquier cosa que se le pusiera por delante. Me di cuenta de que era absurdo tener miedo ya a Los Extraños, ahora el peligro venía desde dentro de nuestra familia, mamá ya no era nuestra madre, era una persona completamente desconocida que ya no nos quería, que muchas veces ni siquiera nos reconocía. Nos acostumbramos a escondernos cada vez que ella llegaba y así, era un poco menos duro soportar esos momentos. Yo me había convertido en el mayor apoyo de Clara ahora, puesto que tenía que actuar como su madre.  Me encargaba de cuidarla, de protegerla y a la vez, tenía que mantener la casa más o menos limpia e intentar cocinar para nosotras. Toda la responsabilidad de nuestra pequeña y extraña familia había recaído sobre mí.
Yo pensaba que mamá había cambiado su forma de ser por nuestra culpa. Seguro que habíamos hecho algo malo, pero si nos portábamos bien con ella, aprendíamos a no tenerle miedo y hacíamos todo como ella quería, todo volvería a la normalidad. Así que un día, animada por esta resolución, me propuse preparar algo para que pudiésemos cenar las tres juntas y si hacíamos esto por ella, seguro que así nos perdonaba. Entre mi hermana y yo preparamos la cena lo mejor que pudimos y adornamos la mesa. Esto nos mantuvo entretenidas toda la tarde, hasta el momento en que vimos aparecer a nuestra madre por la puerta.
Su aspecto era absolutamente lamentable: tenía la cara llena de lágrimas y desencajada, la ropa sucia y descolocada, era la imagen de una mujer completamente abatida. Al vernos, corrió a abrazarnos llorando:
-¡La señora Hyland me ha despedido hijas mías! Ya no quiere que siga trabajando más para ella, que parezco una persona inestable dice, ¡inestable yo!- su llanto iba volviéndose cada vez más histérico- ahora no sé cómo voy a poder conseguir comida, cómo vamos a seguir aquí, a salvo, Ellos nos encontrarán, nos encontrarán y os llevarán de mi lado, ¡no querrán que estemos juntas! - diciendo esto, se marchó hacia su habitación, llorando.
-¿Y ahora qué va a pasar con nosotras?- me dijo Clara, sus ojos llenos de lágrimas, el miedo llenaba por completo su pequeño rostro.
-No lo sé Clara, no lo sé…
Una situación así para una niña de catorce años es algo absolutamente antinatural, así que poco recuerdo de los días que siguieron después de este suceso. Andábamos como fantasmas por la casa,  esperando el cariño y la compañía de una madre que había desaparecido tras la puerta de una habitación. La comida que teníamos empezó a terminarse poco a poco, sin que nadie trajese más a casa, y lentamente, Clara y yo comenzamos a morir de hambre. Pasábamos muchas horas al día durmiendo, sin apenas hablar, la noche y el día perdieron su sentido. El dolor sordo del hambre nos acompañaba hora tras hora, pero pronto nos sentimos tan débiles que esto también dejó de tener importancia. Supongo que de forma inconsciente, asumimos que estábamos muriendo, que aquella enorme casa silenciosa sería nuestra tumba para siempre, sin que nadie supiese nunca que estábamos allí.
No sé qué fue lo que me despertó de repente un día, pero tenía la certeza de que algo iba mal. Levantarme de la cama me provocó nauseas, me palpitaba la cabeza a causa del hambre, pero tenía que comprobar si Clara estaba bien.  Apoyándome en la pared, conseguí llegar hasta su habitación. Aparentemente la niña dormía, pero al acercarme, pude comprobar que respiraba trabajosamente y  estaba ardiendo de fiebre. Mi hermana necesitaba ayuda y yo era la única que podía ofrecérsela. Jamás había estado sola en el exterior de esta casa ni de ninguna otra en la que habíamos estado, pero tendría que ir hasta el pueblo y encontrar alguna persona que pudiese hacer algo por mí.
Reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban conseguí salir de casa. El bosque me parecía ahora un conjunto de manchas borrosas, el suelo bajo mis pies se movía pero tenía que seguir adelante. Llegando ya a la linde del bosque los vi: allí estaban los niños que Clara y yo habíamos visto jugando hacía ya no sé cuánto tiempo. Si lograse acercarme a ellos lo suficiente… Uno de ellos me miró y comenzó a decirme algo, pero un pitido agudo inundaba mis oídos, y el suelo estaba cada vez más cerca de mí.
-Ayúdanos- conseguí susurrar antes de que todo se volviera negro.
Cuando desperté estaba en una habitación blanca, en una cama extraña y conectada a distintas máquinas. Nunca había estado en un lugar así, pero por lo que había leído, supe que se trataba de un hospital. Segundos después me di cuenta de que en una de las esquinas de una habitación había un hombre, un hombre que yo no conocía y que sin embargo me resultaba extrañamente familiar. Se acercó lentamente hacia mí y me dijo:
-Hola Emma, ¿te acuerdas de mí?
-¿Papá?- de pronto todo encajó en mi cabeza y supe que ese hombre era mi padre, el padre desaparecido que llevaba toda una vida esperando conocer. Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, los dos nos abrazamos llorando, incomprensiblemente me sentía feliz, a salvo por primera vez en mucho tiempo, pero había muchas preguntas en mi cabeza que tenían que ser contestadas.
-¿Dónde está Clara? ¿Está bien? ¿Y mamá? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Y dónde has estado tú todo este tiempo?
-Calma pequeña, todo tiene su explicación  y vas a enterarte de todo. Clara estaba muy enferma, aunque los médicos han dicho que se pondrá bien pronto, está en este mismo hospital. Por lo que me han dicho llevas tres días ingresada aquí, yo he llegado esta misma mañana, y aun no puedo creer que esté viendo a mi niña después de todo este tiempo…
-Pero ¿y mi madre? No entiendo nada, quiero saber qué está pasando y porqué estás aquí ahora…- las lágrimas inundaban mis ojos y cada vez me dolía más la cabeza, era imposible comprender esta situación.
-Verás Emma, es una historia muy larga, que deberías haber sabido hace mucho tiempo. Si tienes paciencia y quieres escucharme te lo explicaré todo:
“Conocí a tu madre en Inglaterra, fui a vivir allí por un trabajo y nos conocimos por casualidad. Después de eso, nos enamoramos perdidamente y nos casamos no mucho tiempo después. Tu madre siempre había sido una persona peculiar, con manías curiosas, a las que yo no di más importancia. Cuando nos casamos fuimos a vivir a Madrid, mi trabajo en Inglaterra había terminado y yo tenía que volver a España. Tu madre poco a poco empezó a experimentar un gran cambio. Se volvió distante, extremadamente nerviosa, se asustaba por cualquier cosa y tenía fuertes episodios de histeria. Su familia me confesó que ella padecía de un trastorno mental desde pequeña, que ellos se habían empeñado en esconder, no queda bien en sociedad tener una hija loca. Su familia de desentendió de ella y yo, que la quería con toda mi alma, hice lo posible para que ella volviese a estar bien y fuese la de siempre. Visitó a los mejores médicos, acudió a largas terapias y  le recetaron fuertes medicaciones y después de eso, todo pareció volver a la normalidad, o eso me empeñé en creer.
Tú naciste poco después y fueron unos años verdaderamente maravillosos. Cuando nació tu hermana, tu madre volvió a recaer, y su estado era muchísimo peor de lo que había sido hasta entonces. Un día, desapareció y también vosotras. Vivía acosada por una paranoia que la hacía creer que yo os iba a hacer daño, por eso debió huir.
 A partir de ese momento, os he estado buscando por todas partes junto con la policía, tu madre lo ha hecho verdaderamente bien para esconderos en los últimos meses, nunca se nos ocurrió que hubiera podido traeros a Inglaterra, y seguimos buscando en vano por España. Cuando ingresasteis, se avisó a las autoridades, averiguaron quién era vuestra madre y por eso pude llegar hasta aquí”.
Mi cabeza daba vueltas, ¿mi madre había estado loca toda la vida? Toda mi existencia se había basado en huir de Los Extraños, y era imposible asumir ahora que esos extraños fuesen mi padre y la policía que intentaba buscarnos para ponernos a salvo. La situación era tan sumamente absurda y coherente a la vez que, incapaz de aguantar toda la presión y agotada por el esfuerzo, me desmayé en un remolino de colores, gritos e imágenes confusas.
Han pasado ya cuarenta años desde entonces. Clara y yo fuimos a vivir con mi padre, una situación extraña a la que tardamos mucho tiempo en acostumbrarnos. Necesitamos la ayuda de psicólogos durante muchos años para adaptarnos a una sociedad que habíamos desconocido siempre, para asimilar que habíamos vivido en una fantasía creada por una mente demente.
Nuestra madre pasó el resto de su vida en una institución para enfermos mentales, no llegó a recuperarse nunca después de la experiencia de Thornton. Mi hermana Clara, que siempre había sido mucho más sensible que yo, nunca llegó a superar este trauma. Tal vez por eso, o porque había heredado algo de la locura de mi madre, esa niña dulce cambió por completo y nunca ha llegado a ser psicológicamente estable.
En cuanto a mí, creo que puedo estar satisfecha por como estoy hoy en día. Conseguí llevar una vida más o menos normal, aunque no me abandonan las pesadillas, me acompañan todas las noches. Sueño que hombres sin rostro me persiguen y sólo puedo huir, huir hacia una enorme casa en ruinas,  a sabiendas de que será mi prisión para siempre.

0 comentarios:

Publicar un comentario